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Dossier Roswell Orígenes -II-



EL CASO DEL FUNEBRERO

En el verano de 1947, Glenn Dennis era un joven empleado de una casa funeraria de Roswell, Ballard Funeral Home, y contaba con la preparación técnica necesaria para desempeñar sus funciones. Esta empresa tenía un contrato con el Roswell Army Air Field (Campo Militar de Aviación Roswell) para suministrarle servicios mortuorios. Dennis manejaba el coche fúnebre y la ambulancia, tanto en entierros civiles como militares. En muchas ocasiones lo habían llamado para que ayudara a la recuperación de los cuerpos en aviones militares accidentados y para preparar luego su embarque a la base. Dennis estaba familiarizado con la base aérea y “podía ir donde quería”. Fue esta facilidad de acceso a instalaciones de alta seguridad lo que le permitió ver y escuchar más de lo que debía.

En agosto de 1989, Dennis fue entrevistado por Stanton Friedman en Lincoln, Nuevo México, donde era gerente de un hotel turístico. Aunque la entrevista debió realizarse en medio de la tumultuosa celebración del día de Billy the Kid, Dennis pudo de todos modos transmitir la emoción que todavía le causaba su involuntaria participación en el incidente de Corona. Más tarde, en otras entrevistas, agregó mayores detalles.

La fecha era 9 o 10 de julio de 1947. Glenn Dennis todavía no estaba enterado del descubrimiento de extraños restos en la hacienda Foster y no había escuchado nada sobre cuerpos de extraterrestres. Sí había recibido varios llamados telefónicos un poco desconcertantes del oficial encargado de la morgue en Roswell, que era más un administrador que un especialista técnico familiarizado con la manipulación de cadáveres (humanos o no). El oficial quería saber sobre “ataúdes herméticamente cerrados: ¿cuál es el más pequeño que se puede conseguir?”, según Dennis.

“Después quiso saber cuáles eran las soluciones químicas que estábamos usando para las tinas y todo eso. Me preguntó sobre la composición química de la sangre, la descomposición de los tejidos, y qué les pasaba a los tejidos cuando los cuerpos quedaban al sol varios días. Esto es lo que resulta tan interesante. Vea, es por eso que siento que había algo raro, porque no querían hacer nada que pudiera producir... un desequilibrio. Todo el tiempo decían: ‘Muy bien, ¿qué es lo que esto puede hacerle al sistema sanguíneo, a los tejidos?’. Después, cuando me informaron que los cuerpos habían estado en el medio del campo, a mediados de julio, quiero decir que iban a estar tan oscuros como su blazer azul, además de descompuestos, yo les sugerí que [usaran] hielo seco... yo he hecho eso un par de veces.

”Hablé con ellos cuatro o cinco veces en la tarde. Volvían a llamarme haciéndome diferentes preguntas con respecto al cuerpo. Lo que realmente querían saber era cómo mover esos cuerpos. No me dieron ninguna pista de que tenían los cuerpos o dónde estaban. Pero seguían hablando del tema, hasta que al fin les pregunté: ‘¿Qué aspecto tienen los cadáveres?’. Me contestaron: ‘No sé, pero le digo algo: esto pasó hace un tiempo’. Lo único que mencionaron es que habían estado expuestos a los elementos durante varios días.

”Entiendo que esos cuerpos no estaban en el mismo lugar en que encontraron algunos de los otros. Dijeron que los cuerpos no estaban en el vehículo mismo; los cuerpos estaban separados de él por tres o cuatro kilómetros. Hablaron de tres cuerpos diferentes: dos de ellos mutilados y el tercero en condiciones bastante buenas.”

Más tarde ese mismo día (alrededor de las 18 o 19 horas), Dennis llevó a un soldado levemente herido en un accidente a la enfermería de la base, que estaba en el mismo edificio que el hospital y la morgue. Acompañó al hombre al interior del hospital y luego volvió a subir a la ambulancia y rodeó el edificio para ver a una linda enfermera de la Fuerza Aérea que había conocido recientemente. Como de costumbre, estacionó junto a la rampa, al lado de varias antiguas ambulancias militares cuadradas, reliquias de la Segunda Guerra Mundial. Ahí fue cuando las cosas empezaron a ponerse espesas.

“Había dos policías militares parados allí, y yo me bajé y me dirigí a la entrada. No hubiera llegado tan lejos como llegué sí no hubiera estacionado en la zona de emergencia. Probablemente pensaron que venía a buscar a alguien. Las puertas de las ambulancias militares estaban abiertas y adentro había escombros. Un policía militar estaba a cada lado. Yo vi todos esos restos. No sé qué era, pero me di cuenta de que algo pasaba, ésa fue mi primera pista. Lo curioso es que en dos de esas ambulancias había unas piezas que parecían la mitad del fondo de una canoa. No parecía aluminio. ¿Vio cuando se calienta el acero inoxidable? ¿Cómo se pone medio púrpura y después de un tono azulado? (Glenn dijo más tarde que vio una fila de signos irreconocibles, de varios centímetros de altura, en los dispositivos metálicos). Sólo eché una ojeada y seguí mi camino.

”Cuando entré al edificio, noté una actividad inusual. En la sala había ‘pájaros grandes’ (oficiales de alto rango que no reconoció, aunque estaba familiarizado con todo el personal médico local) por todos lados. Estaban todos alterados. Empecé a caminar por el corredor como lo hago habitualmente y había dado unos pocos pasos cuando me paró un policía militar: quería saber quién diablos era yo, de dónde venía, qué estaba haciendo ahí. Le expliqué quién era. Evidentemente, él tuvo la impresión de que me habían llamado para algo. Como sea, me dejó pasar y yo seguí avanzando y fue entonces cuando me encontré con la enfermera: ella participaba de la cosa, estaba de guardia. Me dijo: ‘¿Cómo diablos entraste?’. Le contesté: ‘Como siempre’. Ella exclamó: ‘¡Dios mío, te van a matar!’, y yo: ‘¡No me pararon!’.

”Me acerqué a la máquina de gaseosas para buscar unas bebidas y ahí fue cuando ese coronel grandote, pelirrojo, aulló: ‘¡¿Pero qué está haciendo este hijo de puta aquí?!’. Les hizo una seña a los PM y ¡ahí se armó! Los dos policías me agarraron de los brazos y me llevaron derechito afuera, hasta la ambulancia. Yo no caminé, ¡me cargaron! ¡Y me dijeron que me esfumara enseguida! (No sólo eso, sino que además, según Dennis, lo siguieron hasta la funeraria). Unas dos o tres horas más tarde, me llamaron y me dijeron: ‘Oiga, si abre la boca, ¡no cuenta el cuento!’. Yo simplemente me reí y les contesté que se fueran al infierno!”

Eso fue lo último que escuchó Glenn Dennis de alguien en una posición oficial. No vio a la enfermera hasta el día siguiente; ella parecía muy perturbada. “Me llamó por teléfono y me dijo: ‘Si tenes tiempo, salí. Tengo que hablarte’.” Arreglaron para encontrarse en el club de oficiales para almorzar y, al verla, Dennis pensó que ella estaba al borde de una crisis nerviosa: ¡parecía tan cambiada! “Dios mío, no sé cómo entraste allí”, le dijo la enfermera. “Es espantoso lo que está pasando. ¡No me creerías!” Y Dennis explicó: “Ahí fue cuando ella me dijo que tenían unos cuerpos. Dijo que eran tres cuerpos pequeños; dos estaban muy mutilados, pero había uno en condiciones bastante buenas”.
LA VERSIÓN DE LA ENFERMERA

“Déjame mostrarte la diferencia entre nuestra anatomía y la de ellos. Realmente, parecían antiguos chinos: pequeños, frágiles, sin pelos, dijo ella. Y también que sus narices no sobresalían, que los ojos estaban muy hundidos y las orejas sólo pequeñas indentaciones. Dijo que la anatomía de los brazos era diferente: el brazo era más largo que el antebrazo. Y no tenían pulgares, sino cuatro diferentes... ella los llamó ‘tentáculos’, creo. No tenían uñas, entonces me describió esas cositas como ventosas en las puntas de los dedos.

”Le pregunté si eran hombres o mujeres, si sus órganos sexuales eran como los nuestros. Ella me dijo: ‘No, algunos no los tenían’. Lo primero que se descompone en un cadáver es el cerebro, y después los órganos sexuales, especialmente en las mujeres. Pero pensó que probablemente había sido algo... como que algunos animales... Porque algunos cuerpos estaban muy mutilados.

”Ella dijo que habían sacado los cuerpos de esas cápsulas (las que él había visto en la parte trasera de las ambulancias militares). No estaban en el sitio del accidente, sino a dos o tres kilómetros de éste. Dijo que parecía como si tuvieran sus pequeñas cabinas propias y que la porción inferior de los cuerpos, el abdomen y las piernas, estaba aplastada, pero que la parte superior no estaba tan mal. Me dijo que la cabeza era más grande, y que los ojos eran... diferentes.”

La enfermera tomó entonces un block de recetas y dibujó unos esquemas de lo que le había descripto a Glenn Dennis. Le dio los dibujos, advirtiéndole que los mantuviera en secreto, y él los guardó cuidadosamente. En 1990, Dennis y Stanton Friedman revisaron los viejos archivos de la empresa funeraria, comprobando que todo el material del ex empleado había sido destruido varios años antes. Pero Glenn hizo un bosquejo de lo que podía recordar: “Hasta que congelaron esos cuerpos, el olor era tan insoportable que uno no podía acercarse a treinta metros de ellos sin sentir náuseas”. La enfermera había salido unos minutos de la habitación donde había estado asistiendo a dos médicos, para tomar un poco de aire, y ahí fue cuando se encontró con Dennis. Le explicó que incluso los médicos estaban mareados, y que el olor era tan fuerte que tuvieron que apagar el aire acondicionado para impedir que se propagara por todo el hospital. Pronto desistieron de continuar trabajando en tales condiciones y completaron la preparación de los cuerpos en un hangar.

Después de describir los extraños acontecimientos a Dennis, la enfermera parecía estar al borde de un colapso, de manera que él la llevó en coche hasta las barracas. Nunca la volvió a ver. Sus intentos en ese sentido tropezaron con toda clase de escollos. Primero le dijeron que estaba en otra ciudad, asistiendo a un seminario. Luego, que había sido transferida a Inglaterra. A Glenn le sorprendió que hubiera viajado sin llamarlo para despedirse. Su primera carta fue contestada por ella con la misteriosa promesa de explicarle todo más tarde, pero la segunda volvió con un sello inquietante: “Fallecida”.

LA PELÍCULA: ¿FICCIÓN O REALIDAD?

Se llama Stanton Friedman y es un afamado físico nuclear, pero todo el mundo lo llama Mister Ovni. Su investigación sobre el film de la autopsia ET en una entrevista exclusiva.

Friedman no sólo trabajó para General Electric, Westing-house, General Motors y otras fábricas de sistemas de propulsión espacial, sino que dedicó más de veinte años al estudio de los ovnis. Dio conferencias en más de seiscientas universidades, aparece en congresos y programas de tevé especializados, es consultor gubernamental, autor de cinco libros y productor de una docena de videos sobre el tema, y lanzó un CD-ROM interactivo titulado Ovnis: la historia real.

Su título, Crash at Corona, ya vendió más de 120.000 ejemplares en los Estados Unidos, éxito explicable por ser lo que los expertos denominan “el libro definitivo sobre Roswell”. Friedman estudió el caso durante más de diez años y pasó largos períodos en Nuevo México, rescató una docena de expedientes ultrasecretos públicos y privados, entrevistó a más de cien testigos y familares, y llegó a una conclusión revolucionaria: “La nave extraterrestre y sus ocupantes existieron, y el gobierno norteamericano ocultó la verdad durante casi medio siglo”.

Apenas la empresa británica Merlin Group y su presidente, Ray Santilli, divulgaron secuencias del filme de la supuesta autopsia de los cuatro extraterrestres rescatados de dos discos voladores en Corona, Friedman contactó a Santilli, indagó fuentes serias y habló con el anónimo camarógrafo que habría tomado la película original. Y luego compartió esa investigación y realizó el análisis del filme documental ante un corresponsal de la revista Conozca Más en los Estados Unidos, quien viajó a Fredericton, Canadá, para realizar esta entrevista:



— Friedman, ¿estamos ante un documento increíble o una maniobra comercial?


— Es prematuro dar una opinión categórica, pero sospecho que aquí hay gato encerrado. Por lo pronto, ni yo ni nadie ha visto aún la película entera, que supuestamente dura 91 minutos. La Merlin organizó una premiére en Londres, donde se mostraron partes del filme, del que algunas revistas levantaron las fotos que hoy circulan por el mundo. Curiosamente, a esa función privada fueron invitadas unas sesenta personas, pero ningún experto o estudioso del caso Roswell. Ésas y otras secuencias, generalmente separadas, desfilan ya internamente por algunas cadenas televisivas europeas y americanas, que las están analizando. Además, quienes vieron unos fragmentos no se les mostraron los otros y viceversa. Hay muchas cosas raras aquí...


— ¿Qué está insinuando, Friedman?


— Si la brújula de Santilli estuviera orientada hacia la verdad científica antes que a embolsar millones, hubiera procedido de otra manera y no hubiera abierto tantos paraguas para protegerse de posibles juicios.
— ¿Qué paraguas?


— En el formulario que la empresa distribuyó por fax para comprar el video, por ejemplo, aparecen tres advertencias. Una dice que aunque está comprobado que el celuloide original fue fabricado en 1947, “hoy no podemos garantizar que el contenido fue filmado el mismo año”. Otra establece que aunque los informes médicos sugieren que “la criatura mostrada no es humana, esto no puede ser verificado”. La tercera está dirigida a las estaciones televisivas, alertándolas de que el celuloide no tiene calidad de transmisión. Además, la información que me proveyó Santilli sobre el cameraman y el film es muy contradictoria...


—¿Por qué?


— Primero habló de quince rollos de diez minutos cada uno, luego de catorce rollos de siete minutos, y al final de dieciséis rollos de tres minutos. Además, cuando le pregunté el nombre del camarógrafo, se negó a dármelo alegando razones de seguridad: como el cameraman filmó eso para el ejército y se guardó una copia sin autorización, no sabe si tiene el derecho legal de vender o no el material. Y el tema de copia también me suena a fantasía.


— Explíquese, Friedman.
— Mire, así hablemos de catorce, quince o dieciséis rollos de película, ni yo ni ninguno de los expertos de Roswell podemos imaginar cómo hizo el camarógrafo para esconderlos de los agentes de seguridad que custodiaban la base en aquel momento. Y luego sacarlos de allí sin ser visto... Hay que tener en cuenta que esa cantidad de rollos es un bulto muy grande. ¿Cómo no lo vieron?

EL CAMARÓGRAFO FANTASMA

— ¿Qué sabe del camarógrafo?


— Según Santilli, sus iniciales son J.C., tiene más de 80 años y no está bien de salud. Primero me dijo que vivía en Cleveland, Ohio, y luego en Orlando, Florida. Y últimamente leí en un medio británico que lo “mudaron” a Cincinatti, Ohio. Le insistí a Santilli que me diera el nombre completo para chequear su presencia en el libro Crossroads del ejército, donde figuran todos los funcionarios bajo control de seguridad del Escuadrón 509, donde habría estado trabajando el camarógrafo, pero me dijo que era imposible revelarlo.


— Pero de todos modos usted habló con el camarógrafo, ¿no?


— Hablar con alguien, hablé. Pero no sé si era él, porque él me llamó a mí. Bien pudo haber sido alguien que se hizo pasar por el camarógrafo, ¿no?


— ¿Qué destacaría de ese diálogo telefónico?


— El hombre tenía voz de viejo. Interrumpía su dicción a cada rato con fuertes ataques de tos y reconoció haber recibido 100.000 dólares de anticipo de la Merlin por los derechos del filme. Insistió en que los había aceptado porque quería hacerle un regalo de casamiento a su nieta, y se negó a recibirme en persona alegando motivos de salud y de seguridad, ya que su abogado aún estaba estudiando los vericuetos legales sobre si podían o no vender esa película.


— ¿Cómo interpreta usted todo esto?


— La verdad es que el tipo no me sonó creíble. Entre otras cosas muy dudosas, me dijo que el superior que le había ordenado en Washington viajar a Dallas para filmar la autopsia del extraterrestre era un tal general McMullan. Le pregunté el nombre de pila y respondió que no se acordaba, le exigí la ortografía del apellido y no la sabía...


— ¿Y no dijo cómo el Merlin Group lo encontró a él y la película?


— Sí. Fue por casualidad. La Merlin rastreaba en los Estados Unidos filmes de viejos rockeros como Bill Haley y Elvis Presley, y alguien les recomendó ese camarógrafo, que en los años 50 había trabajado para la Universal News. Se entrevistaron con él y le compraron parte de su stock rockero. Y en esa misma oportunidad, hace unos tres años, el camarógrafo les preguntó si no estarían interesados en un filme de la autopsia de un ET. Lo vieron y se entusiasmaron, claro. Luego Santilli se asoció con el sello discográfico Polygram, que mandó al ejecutivo Gary Schöefield a entrevistar al camarógrafo y a ver el filme. Schöefield salió convencido de que era genunio y recomendó a Polygram que lo comprara. Después la Polygram se retiró del proyecto porque no había pruebas científicas de autenticidad, y Santilli siguió adelante con otros inversores.


— ¿Se hicieron pruebas de emulsión del celuloide?


— Según Santilli, sí. Alega que llamó a la Kodak y que le pidieron que les leyera los códigos marcados en el original, tras lo que dedujeron que el celuloide podía ser de los años 1927, 47 o 67. Santilli me dijo también que había sacado pedacitos del comienzo y el final del celuloide original, y que análisis posteriores en Gran Bretaña concordaron con la estimación de Kodak. Pero yo tomo con pinzas toda la información provista por Santilli, ya que al menos lo pesqué en una gran mentira...


— ¿Cuál?


— Santilli me dijo que la mejor prueba de autenticidad del material era la presencia del presidente americano Harry Truman en la autopsia, quien en ese momento estaba en Dallas. Me pareció raro, pero preferí investigar el dato por mi cuenta. Me pasé dos días en la Biblioteca Truman de Washington, donde me dieron el itinerario de todos sus traslados afuera de la ciudad durante su presidencia, y no encontré ningún rastro de su estadía en Dallas entre julio y septiembre del ‘47.


— ¿Le dijo esto a Santilli?


— ¡Claro! Y entonces él me dijo que en realidad la autopsia se había hecho en junio del ‘47, y que por eso yo no lo había encontrado en los registros de julio. Volví a chequearlo y tampoco hallé nada sobre Truman, Dallas y junio... Cansado ya de tanta falsedad, le exigí a Santilli presentar pruebas de todo lo que decía. Hasta llegué a repartir una hoja a la entrada de la proyección del filme de la autopsia en Londres, donde lo desafiaba a un debate público. Jamás me contestó y no supe más de él. Mis amigos me dicen que está muy enojado conmigo por dudar de su seriedad. No es problema mío. Los científicos tenemos la obligación de poner la verdad por encima de la autoridad y la comercialización.


— ¿Cuáles son las pruebas que usted pedía para elucidar la autenticidad de la película?


— Marca y modelo de la cámara empleada. Tipo de película utilizada y fechas reales de filmación. Informe por escrito de Kodak determinando la antigüedad del celuloide. Copia del recibo de los 100.000 dólares por derechos del filme, nombre completo y documentación de retiro del camarógrafo militar. Papeles que en el ejército norteamericano figuran con las siglas DD 214. Copia de las órdenes militares recibidas por el camarógrafo y nombre de los superiores que le ordenaron filmar la supuesta autopsia del ET.


— ¿Santilli o alguien de la Merlin ofreció alguna de esas pruebas?
— Jamás.

EL CUERPO DEL FILME ES HUMANO


— Pasemos ahora a las imágenes de la película en sí. ¿En qué coinciden o difieren de lo expresado por los testigos oculares?


— Según el testimonio de Gerald Anderson y otros testigos, los ET tenían cuatro dedos, pero en la película aparecen con seis. Y las criaturas eran flacas, pequeñas y con cabeza desproporcionadamente grande, mientras que las del filme lucen gordas y de cabeza chica. Según la enfermera militar que asistió a la autopsia real y le contó los detalles al funebrero Glenn Dennis, los antebrazos de las criaturas eran más largos que los brazos, lo que difiere completamente del ser humano. En cambio, la película revela un antebrazo en proporción con el brazo, como en los humanos. Además, la boca del filme parece más grande que la que recordaron los testigos, y los ojos reales eran mucho más grandes que los que vimos en escena. El ET del filme tiene nariz, mientras que los testigos dicen que los reales apenas tenían dos orificios para respirar. Ah, y los símbolos también son diferentes...


— ¿Qué símbolos?


— En la película aparecen unos símbolos que, según Santilli, pertenecen a un abecedario extraterrestre. Le pedí que me los enviara para analizarlos y... me los mandó. Los sometí al juicio de varios antropólogos, lingüistas y caligrafistas, y la conclusión fue que los jeroglíficos del film son muy similares a los de civilizaciones de la Tierra, especialmente la griega, mientras que los reales son muy diferentes y nadie pudo asociarlos con alfabetos humanos.


— Pero, ¿y cuáles son los símbolos “reales”?
— Nadie los vio, pero surgen de los dibujos del teniente coronel Jesse Marcel en estado de hipnosis. Marcel fue el primer militar enviado por Washington en llegar a Corona, donde días antes se había estrellado la nave extraterrestre. Marcel encontró allí unas varas flexibles y livianas como la madera balsa, a las que trató infructuosamente de doblar, quebrar y quemar, junto a una suerte de papel de aluminio que tampoco pudo quemar, agujerear ni doblar aunque era extremadamente liviano y flexible. Ya retirado del ejército y bajo hipnosis, Marcel dibujó los símbolos que vio en esas varas, que describió de colores púrpura y azul. En base a esos dibujos, mandé fabricar réplicas de las varas y las repartí entre lingüistas de todo el mundo, que llegaron separadamente a la misma conclusión: ninguno de esos símbolos son de civilizaciones humanas antiguas o modernas.


Esta es la conclusión central de Stanton Friedman tras ver un fragmento de 25 minutos de la película que muestra la autopsia de un supuesto extraterrestre:
— Vi el filme en una proyección privada de la red televisiva Fox de Washington, junto a varios expertos del caso Roswell, el físico óptico Bruce McCabbee, del Laboratorio de Investigación Naval, y un médico militar. Y coincidimos en que la criatura que se ve en el filme no es extraterrestre, sino el cadáver de una mujer que habría padecido el síndrome de Turner, una enfermedad que afecta a una de cada 2.500 mujeres.
Esta anomalía surge cuando falta un cromosoma X en la cadena genética, generando efectos laterales como pérdida de senos, acortamiento de estatura, retención de líquidos e hinchazón exagerada del vientre, al punto que parece que las mujeres están embarazadas. Otra característica de esta enfermedad es que las orejas, la nariz y los ojos se van hundiendo paulatinamente hasta casi ser absorbidos hacia adentro.


— Resumiendo, doctor Friedman, ¿cuál es su opinión final sobre esta película?
— Creo que la autopsia es real, pero no de un extraterrestre, sino de un ser humano de sexo femenino que murió por síndrome de Turner. Desde ese punto de vista, la película no es falsa. Lo que sí es falso es vincularla con los cuerpos extraterrestres hallados en Nuevo México.

UN WATERGATE CÓSMICO

Así llama Friedman al encubrimiento gubernamental de los dos discos voladores caídos en julio de 1947, y del hallazgo, traslado, autopsia y conservación en un lugar secreto de los cuatro cuerpos ET recuperados.


— El gobierno posee un mínimo de 400 documentos sobre ovnis que se niega a entregar alegando motivos de seguridad nacional. Lo curioso es que, forzado a mostrar algunos de ellos por el Freedom of Information, que lo obliga a publicar documentos confidenciales a los treinta años, éstos han sido entregados con tantas tachaduras que es imposible leerlos. Y Roswell ya es el acabóse. Después que la base militar local emitió un comunicado de prensa anunciando que el ejército había encontrado un plato volador y navegantes ET, Washington hizo desaparecer las pruebas y anunció que era sólo “un globo meteorológico”.


— Pero, ¿por qué el gobierno norteamericano quiere ocultar los ovnis y la vida extraterrestre?
— Para “proteger” a los ciudadanos del pánico y el suicidio masivo, dicen. Pero ojo, que cuando surja la verdad el pueblo dejará de confiar en sus gobernantes y ellos sufrirán un efecto boomerang. No veo por qué los terrestres debamos enloquecer al enterarnos de que existen los ET. La verdad siempre es mejor que la mentira para enfrentar cualquier situación, por más extraña y compleja que ella sea.

Fuente: MysteryPlanet.


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