UFO/OVNIS,Ciencia, Historia, Enigmas, Misterios, Noticias,Conspiraciones, NWO, Un viaje al otro lado, un viaje a lo desconocido. UN VIAJE A OTROS MUNDOS, OTRAS DIMENSIONES

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Dossier Roswell Orígenes -I-



En la noche del 2 de julio de 1947, una fuerte tormenta sacudió una zona situada a 120 km. al noroeste de Roswell, cerca del pueblo de Corona, en el estado de Nuevo México. Para Mac Brazel, capataz del Foster Ranch, los ruidos que oyó esa noche tenían mayores resonancias que los asociados con las tormentas usuales de la región. El día siguiente, Brazel y un vecino emprendieron viaje a caballo para verificar cuál de sus campos había recibido la lluvia, de modo que su ganado pudiera alimentarse en los nuevos y verdosos pastos.

EL HALLAZGO

De repente, Brazel llegó a un lugar lleno de escombros. Trozos de metales brillantes y opacos se encontraban esparcidos. Recogiendo algunas de las piezas, el hacendado comprendió que el metal mostraba extrañas características. Si bien era delgado y liviano como el papel, el material era tan fuerte que resultaba imposible doblarlo o romperlo. El domingo 6 de julio, con las muestras de los escombros en la mano, el hacendado se dirigió hacia Roswell para mostrar su hallazgo al aguacil y explicarle lo ocurrido. El aguacil George A. Wilcox llamó rápidamente al aeropuerto militar de Roswell y el personal de seguridad respondió inmediatamente.



LLEGAN LOS MILITARES

Apenas llegaron los militares examinaron las piezas que Brazel había traído y procedieron a entrevistarlo. El personal militar que se presento estaba compuesto por el Cnel. William Blanchard, el mayor Jesse Marcel y un agente de contraespionaje. Por orden de Blanchard, tanto Marcel como el agente escoltaron a Brazel de regreso a la hacienda. Entretanto el coronel Blanchard notificó al comando superior y envió las muestras al aeropuerto militar de Fort Worth para su examen.

El lunes 7 de julio, Brazel y sus acompañantes fueron al lugar del accidente. El campo de escombros, como lo describe el oficial de inteligencia aérea J. Marcel, tenía 1,2 km. de largo y entre 60 y 90 m de ancho. “Nosotros procedimos a recoger las piezas. Muchas de ellas tenían números y jeroglíficos, difíciles de leer. Nada del material estaba quemado. Trate de quemar el metal pero era imposible encenderlo. Se parecía al papel de estaño de un paquete de cigarrillos. Traté de hundirlo con un mazo de 16 libras y no lo logré. El general Ramey me advirtió que debía guardar silencio acerca del choque”. Los dos agentes de inteligencia pasaron el día recogiendo los escombros que podían encontrar; cargaron todo en la parte trasera del jeep de Marcel y se lo llevaron a Roswell. Temprano al día siguiente se envió guardias a toda la zona y mandó a bloquear el acceso a la misma.

COMUNICADO DE PRENSA

El oficial de Información Pública Walter Haut, emitió un comunicado de prensa acerca del choque que conmovió al mundo. “Como oficial de relaciones públicas, para la base del 509 Grupo de Bombarderos, recibí una llamada del comandante, Cnel. William Blanchard. Me dijo muy específicamente lo que deseaba que se dijera en el comunicado de prensa: el hecho que poseíamos restos de un platillo volador estrellado a unos 120 km. al noroeste de Roswell, y que las piezas habían sido traídas a la oficina del aguacil por un hacendado de la región. También me dijo que el mayor Marcel, máximo oficial de inteligencia de la base, llevaría el material al Campo Aéreo Fort Worth, del Ejército, y se lo entregaría al brigadier general Roger Ramey, nuestro comandante superior. Blanchard también dijo: Asegúrese de llevar la declaración en la mano. Entréguela a todos los medios de comunicación”.

EL ENCUBRIMIENTO

“A la mañana siguiente cuando recogí el periódico, ví que el gral. Ramey de Fort Worth había retractado todo el incidente. Decía que se trataba de un globo meteorológico. Luego averigüe que el capitán “Pappy” Henderson había trasladado algunos de los materiales a Fort Wort. En 1950, el mayor Marcel me dijo que el material había llegado a las oficinas de Ramey y desde allí había sido transferido. Un globo meteorológico fue puesto en su lugar, Marcel me dijo que el material que él había traído no era el que vieron los medios de comunicación.”

CADAVERES EXTRATERRESTRES

Desafortunadamente para los militares, Barney Barnett, ingeniero civil que trabajaba para el gobierno federal, llegó de casualidad al lugar del accidente antes que las tropas. No solo Barney penetró al lugar, sino también un grupo de estudiantes y arqueólogos. Lo que ellos encontraron fue descrito en detalle por un amigo cercano de la familia Barnett, Vern Maltais, a quien Barnett le había confiado la historia. Según el amigo de la familia Barnett encontró un objeto metálico con forma de disco, de 7 a 9 metros de largo. Cerca de ahí, el ingeniero civil advirtió algunos cadáveres. Los describió como pequeños, tipo humanoide, de 1,2 m de alto con cabezas grandes y cuerpos delgados.

Cuando el ejército finalmente llegó al lugar del choque, se asombraron de encontrar civiles en la escena. Un oficial militar les dijo que se habían entrometido en algo que tenía ramificaciones con la seguridad nacional. Los civiles fueron juramentados y conminados a guardar secreto; se les dijo que era su deber patriótico mantener silencio. Poco después, los militares descubrieron los cadáveres. Más tarde el coronel Blanchard llegó al sitio y ordenó que los cuerpos fueran puestos en la parte trasera de un camión, que fueran cubiertos con un impermeable alquitranado y transladados al hospital de la base de Roswell. Pero ahí no terminó la historia de las entidades humanoides con grandes cabezas. Un individuo que estaba cuidando la puerta de entrada del aeropuerto militar reportó que un camión cargado con hielo seco entró tarde en la noche. El propósito del hielo era, posiblemente, el de preservar los cuerpos hasta el momento de emprender nuevos análisis. Los extraterrestres quedaron encerrados en un gran recipiente en uno de los hangares del lugar. Subsecuentemente, los recipientes llenos de escombros fueron llevados en avión al Campo Aéreo Fort Worth, del Ejército, para su estudio. Luego de ser empacados con hielo, los restos de los extraterrestres fueron enviados inicialmente a Fort Worth, y luego a Wright Field en Dayton, Ohio, donde con toda probabilidad pasaron un intenso análisis biológico.


El ganadero Mac Brazel y su familia no eran empleados del gobierno ni necesitaban de su aprobación para trabajar. La técnica aplicada en el caso de Mac fue directa e ilegal: fue llevado en custodia durante aproximadamente una semana, lapso en el cual se lo persuadió de que cambiara su relato. Se puede suponer que una combinación de amenazas, sobornos y apelaciones a su patriotismo lograron el fin deseado. Fue visto en las calles de Roswell varias veces durante su período de detención militar y sorprendió a sus viejos amigos al no saludarlos siquiera cuando se los cruzaba.

El 10 de julio, Mac fue llevado a la oficina del Daily Record de Roswell por Walt Whitmore, el dueño de KGFL, donde concedió una entrevista cuyo contenido guardaba poca similitud con su historia original:

“Brazel afirmó que el 14 de junio, él y su hijo de ocho años, Vernon, estaban a once o doce kilómetros de la casa de la hacienda J.B. Foster, que él opera, cuando llegaron a una zona cubierta de brillantes fragmentos formados por tiras de goma, papel plateado, un papel grueso y varillas. En ese momento, Brazel estaba apurado por terminar su ronda y no le prestó demasiada atención. Pero comentó en familia lo que había visto, y el 4 de julio, su esposa, Vernon y su hija Betty, de 14 años, volvieron al lugar y recogieron buena parte de los fragmentos.

”Al día siguiente escuchó hablar por primera vez de los platos voladores y se preguntó si lo que había encontrado no podían ser restos de uno de ellos. El lunes fue al pueblo a vender un poco de lana y, estando allí, visitó al sheriff George Wilcox y le dijo en tono confidencial que tal vez había encontrado un ‘plato volador’. Wilcox se puso en contacto con el campo de aviación Roswell. Entonces, el mayor Jesse A. Marcel y un hombre vestido de civil lo acompañaron de vuelta a la hacienda, donde recogieron los restantes fragmentos del ‘plato volador’ y fueron a su casa para tratar de reconstruirlo.

”Según Brazel, no pudieron reconstruirlo en absoluto. Trataron de hacer un barrilete con los fragmentos, pero no lo lograron y tampoco encontraron la manera de juntar las piezas. Después el mayor Marcel se llevó los restos a Roswell y eso fue lo último que supo del asunto hasta que estalló la noticia de que él había encontrado un ‘plato volador’. Brazel explicó que no lo vio caer del cielo ni lo vio antes de que se hiciera trizas, de manera que no sabía el tamaño o la forma que tendría originalmente, pero pensaba que podría haber sido tan grande como la tabla de una mesa. El globo que lo sostenía, si era así cómo funcionaba, debió tener unos tres metros y medio de largo (le pareció), midiendo la distancia por el tamaño de la habitación en que estábamos. La goma era de un color gris humo y estaba desparramada por una zona de unos 200 metros de diámetro.

”Cuando los fragmentos fueron reunidos, las hojas de estaño, el papel, la cinta y las varillas formaron un atado de unos noventa centímetros de largo y unos veinte de espesor, mientras que la goma formó un atado de unos cincuenta centímetros de largo por unos veinte de espesor. En total, calculó, los materiales debieron pesar algo más de dos kilos. En la zona no había signos de un metal que pudiera haber sido usado para un motor ni rastros de propulsores de alguna clase, aunque por lo menos una aleta de papel había estado pegada a hojas de estaño. No había palabras escritas en ningún lado, aunque sí letras en ciertas partes. En la construcción se había usado una considerable cantidad de cinta scotch y otra cinta con flores impresas en su superficie. No se veían hilos o cables, pero sí algunas perforaciones en el papel que indicarían el uso de algún adminículo para atar.

”Brazel dijo haber encontrado anteriormente dos globos de observación meteorológica en la hacienda, pero que lo hallado esta vez no se parecía en nada a ellos. ‘Estoy seguro de que lo que encontré no era un globo de observación meteorológica’, dijo. ‘Pero si encuentro alguna otra cosa, a menos que sea una bomba, les va a costar bastante lograr que diga algo’.”

Testigos presenciales están de acuerdo en que Brazel “no parecía el mismo” en el diario o cuando por el pueblo lo acompañaba personal militar. Pero aunque no fuera así, sus palabras hubieran sorprendido bastante en Roswell, aunque no se publicaron en otra parte. Mac deja en claro que conocía los globos meteorológicos y que ése no lo era: él había visto los restos en la hacienda, mientras que el general Ramey y sus colegas no. ¿Quién estaba más calificado para describirlos e identificarlos? Brazel también dijo que no había palabras escritas en ellos, pero los globos meteorológicos están bien marcados con el nombre y dirección del dueño, de manera que al caer puedan ser devueltos a cambio de una recompensa. Lo que sí dijo es que había letras en algunas de las partes, las cuales, obviamente, no podían juntarse para formar ninguna palabra.

Contra la teoría de que los restos pertenecían a algún tipo de “globo”, está el hecho de que estuvieran desparramados sobre una zona de más de 200 metros de diámetro. Un globo lleno de helio no puede explotar y tampoco puede chocar contra el suelo, esparciendo un montón de fragmentos. Y aun cuando fuera así, no hubiera habido suficiente material como para atraer la atención una vez desparramado sobre un área del tamaño de dos canchas de fútbol.

Y si esto no es suficiente para que resulte obvio que lo encontrado por Brazel no estaba relacionado con el globo que describió, recordemos que mencionó “una gran zona de brillantes fragmentos formados por tiras de goma, hojas de estaño, un papel grueso y varillas”. Y si pudo juntar todo en un par de atados relativamente chicos, ¿por qué los dos vehículos de Marcel y Cavitt sólo pudieron cargar una pequeña porción del total de fragmentos encontrados? Gran parte del resto de la historia contada por Mac Brazel el 10 de julio está en total contradicción con lo que se había dicho antes y con lo que más tarde pudo demostrarse bien: fechas, lugares y, por supuesto, la descripción de los diversos tipos de fragmentos.

Si bien no se encontraron pruebas de que el gobierno hubiera sobornado a Brazel para que cambiara su relato y luego se callara, alguna evidencia señala en tal dirección. En palabras de Loretta Proctor, su vecina más cercana: “Creo que ese mismo año se fue de la hacienda, mudándose a Alamogordo o Tidarosa, donde puso un depósito. Eso era antes de que la gente tuviera freezers en sus casas. El depósito era un gran edificio refrigerado... Uno compraba la carne, la cortaba y la ponía en unos armarios de los que tenía la llave; después la sacaba cuando quería. Creo que debió salirle bastante caro, y nos preguntamos cómo pudo instalarlo con sus usuales ganancias por la cría de ovinos”.

¿Vio Mac Brazel cuerpos de extraterrestres? Por cierto, él nunca afirmó haber visto cuerpos, pero cierta evidencia circunstancial sugiere que probablemente vio por lo menos uno, así como un montón de fragmentos. Si Mac no hubiera visto otra cosa que el tipo de material recuperado en la hacienda por Marcel y Cavitt, prácticamente los militares no hubieran tenido necesidad de tomar medidas tan extremas contra él. ¿Por qué tenerlo con custodia por una semana y luego posiblemente sobornarlo para que no dijera nada sobre asuntos aparentemente no tan graves? Ya había quedado registrado que él había visto una gran cantidad de fragmentos y, mientras lo escoltaban los soldados, concedió una entrevista periodística en la que afirmó claramente que los restos no pertenecían a un globo meteorológico. ¿Por qué los militares le dieron un tratamiento tan especial si todo lo que él sabía era ya de conocimiento público? Esa olla ya se había destapado, de modo que no había una razón obvia para que Mac fuera presionado hasta tal punto a fin de que cambiara su comportamiento.

Parece muy posible que lo hubieran llevado a sobrevolar la hacienda, que se extendía muchos kilómetros, en una misión de reconocimiento, ya que conocía esa tierra mucho mejor que los militares. De tal modo, pudo haber participado del descubrimiento de la parte principal del aparato, que según rumores habría aterrizado a unos cuatro kilómetros del campo donde estaban los fragmentos. Habría estado en un avión chico, como el aparato militar de enlace, de cuatro plazas, Stinson L-5, capaz de operar por encima de un terreno escabroso, y podría haber visto el plato volador en el suelo.

Si es correcta la información dada al civil Glenn Dennis, empleado de una empresa fúnebre, por el funcionario de la morgue de Roswell (que los cuerpos fueron encontrados a una distancia de uno a tres kilómetros del aparato accidentado), tiene sentido que hayan sido descubiertos desde el aire. Además, si es verdad lo que la enfermera le contó a Dennis (que los cuerpos fueron encontrados en pequeñas “cápsulas de escape” como las que él había visto en la parte trasera de unas ambulancias militares), probablemente no pudieron ser reconocidos como lo que eran desde el aire. Esto sólo pudo hacerse examinándolos de cerca, después de que un avión de observación los ubicara y aterrizara a corta distancia.

Brazel, un rudo cowboy a la antigua, murió en 1965 antes de que el mundo tuviera una pista de que había poseído el secreto más emocionante de todos los tiempos. Según su hijo, Bill Jr., Mac nunca sintió que hubiera hecho algo especial. Tropezó con el lugar, vio un montón de material extraño y eventualmente se lo contó al gobierno. Con las palabras de su hijo: “Mi padre encontró eso y me contó algunas cosas. No demasiado, porque la Fuerza Aérea le pidió que jurara que no le daría los detalles a nadie. Se fue a la tumba sin contárselo a nadie. Era un vaquero del Far West, y ellos no hablaban mucho. Mi hermano y yo acabábamos de luchar en la Segunda Guerra Mundial, él en el ejército, yo en la marina, y no es necesario decirlo: mi padre estaba orgulloso. Como me dijo él: ‘Cuando ustedes entraron en servicio hicieron un juramento, y yo hice un juramento de no hablar de este asunto’. La única cosa que nos dijo fue: ‘Bueno, hay un montón de material, en parte hojas de estaño, en parte madera, y algunas de las maderas tienen figuras japonesas o chinas’.”

Si eso fuera todo lo que Mac vio, ciertamente no hubiera sido necesario que el ejército le hiciera jurar que no hablaría. ¿No debía hablar de cosas que ya eran de conocimiento público?

Evidentemente, había algo más: tal vez... los cuerpos.

UN CAPITÁN Y UN SARGENTO

Bill Jr. estaba viviendo y trabajando en Albuquerque, más de 120 kilómetros al noroeste del Foster Ranch, pero regresó al enterarse de que su padre había sido llevado en custodia por el ejército y que no había nadie para cuidar de la hacienda:

“Yo cabalgaba hasta allí (el campo donde se encontraron los restos) una o dos veces por semana. Y cuando andaba por la zona, miraba. Así fue como encontré esos pedacitos. No más de doce fragmentos, tal vez ocho pedazos diferentes, pero sólo de tres clases: algo parecido a la madera balsa, algo al estilo del sedal de pesca de monofilamento, y un pedacito de... No era una hoja de estaño, no era papel plateado; un fragmento del tamaño de mi dedo. Una parte era como madera balsa: realmente liviana, de un color neutro tirando a castaño. Por lo que recuerdo, no tenía veta alguna. No se podía romper, aunque se doblaba un poco. No pude cortarla con mi cortaplumas. Tampoco pude romper el ‘hilo’. Me llamó la atención la, digamos, ‘hoja de estaño’; la recogí y la puse en el bolsillo de mi chaqueta. Pasados unos días, la puse en una cajita de cigarrillos. Cuando la metí ahí, la bendita cosa empezó a desplegarse y... ¡se aplanó! Después se me dio por jugar con ella. La doblaba, la arrugaba y, al soltarla, se desplegaba sola. Es muy extraño. No la podía romper.

”Yo estaba en Corona, en el bar, en la sala de pool: se juega al dominó, ahí es donde todo el mundo se junta. Y todos me hacían preguntas. Habían leído los diarios (esto fue como un mes después del accidente), y yo les dije: ‘Recogí algunos pedacitos’. ‘¿Y qué eran?’. ‘No sé’. Después, he aquí que se aparecen los militares (en la hacienda, uno o dos días después). El oficial a cargo, que se llamaba Armstrong, era un tipo realmente simpático. Trajo con él a un sargento (negro), también agradable. Creo que había otros dos hombres de uniforme. Me dijeron: ‘Tenemos entendido que su padre encontró ese globo meteorológico’. Les contesté que sí. ‘Y tenemos entendido que usted encontró algunos pedacitos, ¿no?’. Les dije: ‘Sí, tengo una cajita de cigarrillos con algunos, en el cobertizo de las monturas’. Y él (creo que era un capitán) me dijo: ‘Bueno, nos gustaría llevárnoslos’. Contesté: ‘Está bien’, y él sonrió y dijo: ‘Su padre nos entregó el resto del material y usted sabe... juró no hablar del asunto’. Luego me preguntó: ‘Bueno, ¿los examinó?’. Yo respondí: ‘Sí, lo suficiente como para saber que... ¡no sé que diablos son!’. Y él dijo: ‘Preferimos que no se hable más de esto’.”

Una vez más, el comportamiento de los militares contradijo las afirmaciones de que en la hacienda de ovinos no había ocurrido nada de importancia. Una vez más, la preocupación militar por la seguridad logró atraer la atención sobre algo que de otro modo hubiera pasado inadvertido. Los recuerdos que tiene Bill Brazel Jr. de su limitada participación en el incidente de Corona son claros y precisos. Aunque sentado tranquilamente en su sencillo hogar parece un hombre poco interesado en lo que pase más allá de su pintoresca tierra de origen, sus servicios en la marina y luego su empleo en una firma de exploración geofísica lo llevaron dos veces alrededor del mundo. Sus días de viajes y aventuras pueden haber quedado atrás, pero lo aprendido en esos años no ha sido olvidado. Tampoco olvida la sorpresa que le causó el comportamiento de los militares en aquel momento. Sólo alcanzó a ver unos pedacitos de los restos de lo que cayó en la hacienda Foster, pero la actitud de los militares al intentar recuperarlos lo convencieron de que lo que allí había caído no era un globo meteorológico.

Una ex vecina de Brazel, Manan Strickland, recordó en 1990 una visita que le hizo Mac a ella y a su familia una o dos semanas después de que los militares lo liberaran de su confinamiento. Mac, su esposo ya fallecido, Lyman, y varios de sus hijos estaban sentados a la mesa mientras ella preparaba el café. “Y escuché parte de la conversación: cuan desagradables eran los oficiales de la base aérea. Todo el vecindario estaba escandalizado de que los militares trataran así a la gente, a personas que tenían buenas intenciones. Aclaró que no podía referirse al material (que encontró en la hacienda). Él era un hombre íntegro y se sintió insultado y manipulado sin respeto alguno. ¡Estaba más que disgustado! Se encontraba muy tenso. Lo habían amenazado con que, si abría la boca, lo iban a meter en la cárcel”.

¿Y todo esto porque un capataz vio algunos fragmentos informes de un material de desecho? Según todas las probabilidades, había algo más. Aunque no haya un testimonio directo de que Mac vio cuerpos, el comportamiento de los militares apunta a ello.


EL MISTERIOSO SEGUNDO OVNI

Al mismo tiempo que se producían estos extraños sucesos en la hacienda al sudeste de Corona, algo todavía más raro ocurrió 220 kilómetros al oeste. De los diez o doce civiles que supuestamente vieron el segundo ovni accidentado antes de que los militares llegaran, sólo dos se mostraron dispuestos a hablar (uno de ellos murió desde entonces) y los restantes todavía están siendo buscados. La evidencia de este hecho se basa tan sólo en recuerdos de que algo muy poco usual ocurrió allí. Muchas reminiscencias, pero pocos datos específicos.

La primera clave de que algo había ocurrido en la parte occidental de Nuevo México fue proporcionada por Vern Maltais, a quien su amigo Grady Barney Barnett le describió la sorprendente escena. Fue Maltais y su esposa Jean quienes primero mencionaron este incidente a Stanton Friedman, después de una conferencia en Bemidji, Minnesota, en 1978. Según Maltais, Barnett estaba trabajando en el oeste de Nuevo México como ingeniero de campo del U.S. Soil Conservation Service cuando descubrió “un gran objeto metálico” clavado en el suelo, que era observado por un grupo de arqueólogos reunidos a su alrededor.

Como recuerda Vern Maltais, Barnett “notó que miraban unos cadáveres que habían caído al suelo, y que había otros en la máquina, que era una especie de instrumento metálico de alguna clase, como un disco que parecía estar hecho de acero inoxidable y se había abierto por una explosión o un impacto. Tenían un aspecto humano, pero no eran humanos. Las cabezas eran redondas y los ojos muy pequeños, y no tenían pelo. Los ojos estaban singularmente separados. Eran bastante chicos comparados con nosotros y sus cabezas eran mayores, en proporción con sus cuerpos, que las nuestras. Su ropa parecía ser de una pieza, de color gris. No se veían cierres, ni cinturones ni botones. Parecían ser todos hombres, y había una buena cantidad”.

Esto es, por supuesto, sólo lo que recuerda Vern Maltais de lo que Barnett le contó varios años antes. No son las palabras precisas que usó Barnett, porque éste murió en 1969, antes de que ninguno de los que entonces investigaban privadamente a los ovnis se enterara de su participación en el hecho, antes de que nadie supiera que una astronave se había accidentado en el oeste de Nuevo México, y antes de que nadie tomara seriamente las historias de tales accidentes.

En el libro The Roswell Incident, y luego en UFO Crash at Roswell, se sugiere que lo encontrado por Barnett era la parte principal del aparato cuyos fragmentos cayeron en la hacienda Foster cerca de Corona, y no otro aparato accidentado bastante más al oeste. En ausencia de un testimonio directo de Barnett, contamos únicamente con información de segunda mano, pero todo parece indicar que el incidente de Corona no está relacionado con éste.

James Fleck Danley, jefe de Barney, aclaró que el territorio de éste se extendía hacia el oeste de su oficina en Socorro, no hacia el norte o el este. Un diario que guardó la mujer de Barney, y que fue suministrado por su sobrina Alice Knight, demuestra que sus trabajos de campo se realizaban al oeste, en las “tierras altas”, en pueblos como Datil y Magdalena, y en haciendas de la zona de las Planicies de San Agustín. Todo esto queda al oeste, lejos de Corona.

Un ex vecino, Harold Baca, respondiendo a una carta que hizo publicar Stanton Friedman en el diario de Socorro, buscando gente que hubiera conocido a Barney, dijo que éste le contó sobre el plato volador accidentado “allá en las Planicies”. Y un viejo hacendado de la zona, el ya fallecido Marvin Ake, le dijo a Friedman que había oído hablar de “un plato volador accidentado allá afuera, en las Planicies”. Una administradora de correos retirada, residente en Datil, le habló a Friedman de un plato volador accidentado “allá lejos, en las Planicies”, que había sido trasladado de noche a través de Magdalena.

La afirmación de que Barnett encontró realmente un plato volador accidentado y cuerpos de extraterrestres es apoyada también por el testimonio de William Leed, un oficial de carrera. En una conversación reciente, Leed le dijo a Friedman que a comienzos de 1960, un coronel que conocía su interés por los ovnis le aconsejó que hablara con un hombre que había tocado uno: Barney Barnett. Mientras se encontraba en el sudoeste, Leed hizo un viaje especial para ver a Barnett. Si bien Leed estaba allí como ciudadano privado, Barnett le pidió sus credenciales militares. Después le contó lo que había visto y le dijo que por lo menos en tres ocasiones había sido interrogado por personal militar, quienes le habían recomendado enfáticamente que no hablara de su experiencia. Leed dijo que no tenía razón alguna para pensar que Barnett estaba mintiendo.

ANDERSON VUELVE A SAN AGUSTÍN

A pesar de los heroicos esfuerzos por encontrar otros testigos, durante una década prácticamente no se supo nada más sobre el accidente de San Agustín. Luego, en respuesta a la inmensamente popular emisión de tevé Unsolved Mysteries, en 1990, sobre el accidente de Corona, un hombre llamado Gerald Jerry Anderson llamó al productor para anunciarle que tenía más información que podía ser de su interés. El mensaje les llegó también a Kevin Randle y Stanton Friedman, que habían trabajado para la emisión y continuaban buscando otras pistas sobre el tema. Una discusión entre Anderson y Randle puso fin a esta relación, pero el nuevo testigo se entendió mejor con Friedman, que grabó una prolongada entrevista telefónica y comenzó una larga y compleja serie de maniobras dirigidas a obtener una copia del diario íntimo que supuestamente llevaba un tío de Anderson ya fallecido: Ted. A fines de 1990, Anderson y los autores viajaron a Planicies de San Agustín para ver si Jerry podía revivir sus experiencias de cuarenta y tres años atrás.

Llevado a la zona en helicóptero, Jerry saltó a tierra tan pronto como el aparato aterrizó, corriendo de inmediato a lo que él pensaba que era el lugar donde había visto el ovni accidentado y su tripulación de pequeños humanoides. La emoción, que no trató de disimular, creó una atmósfera de autenticidad: guió a los otros a puntos significativos del terreno, señalando, gesticulando y exclamando a medida que avanzaban. Todo sugería que finalmente había retomado al lugar donde algo traumático le había ocurrido a un chico de menos de seis años que ahora tenía una estatura de casi dos metros y 113 kilos de masa muscular, huesos, entrañas y cerebro en perfecto funcionamiento.

Las Planicies de San Agustín son una vasta zona llana en Nuevo México occidental, y alguna vez fue un gran lago que suministraba agua a tribus prehistóricas, cuyos antiguos artefactos son hoy estudiados por los arqueólogos. En el lado sudeste está Bat Cave, famoso sitio donde se descubrieron granos de maíz cuya antigüedad se calculó en 4.500 años, y los restos de la más primitiva agricultura conocida en América del Norte. Las Planicies están a unos 2.100 metros sobre el nivel del mar, rodeadas por los picos de Tularosa, Black y Datil Mountains, que llegan a 2.900 metros de altura. El aire es seco y claro.

En el extremo norte de las Planicies (en el lugar que los lugareños denominan “la playa”) se erige un grupo de veintisiete grandes radiotelescopios orientables, de veinticinco metros de diámetro, llamados Very Large Array. Se extienden veinte kilómetros a lo largo de cada brazo de una Y griega, por lo que es el mayor complejo radiotelescópico del mundo. Pero en 1947 no había radiotelescopios. Solamente montañas, caminos mal trazados, la ocasional casa rústica de una hacienda, la chatura de las Planicies y los picos rocosos. El Continental Divide, la espina dorsal de las Montañas Rocallosas, corre hacia el oeste. Y menos de 160 kilómetros al este está Trinity Site, donde se probó la primera bomba atómica del mundo en 1945. Las Planicies tienen noventa y seis kilómetros de largo y entre dieciséis y veinticinco kilómetros de ancho, y abundan las tradiciones, tanto antiguas como modernas.

Fue en este preciso lugar, y con la intención de buscar un tipo de roca llamada ágata musgosa, adonde llegó el pequeño Gerald Jerry Anderson con su hermano mayor Glenn, su tío Ted, su padre y su primo Victor, una calurosa mañana a comienzos de julio de 1947. Jerry y su familia acababan de mudarse a Albuquerque. A media mañana, después de avanzar por una angosta ruta todo lo que el terreno les permitió, detuvieron el auto. Caminaron entonces por el lecho seco de un arroyo. Los chicos corrían y saltaban ansiosos de aventura, a pesar del opresivo calor. Llegaron al final de una corta hilera de árboles que les habían bloqueado la vista hacia el oeste, y su mundo cambió para siempre, como lo describió Jerry más de cuarenta años después.

También hubo unos recién llegados: cinco estudiantes universitarios y su profesor, el doctor Buskirk. Habían estado trabajando en la excavación arqueológica de antiguos asentamientos indios en las rocas, a unos pocos kilómetros de allí, y habían decidido caminar hasta el lugar donde creían haber visto caer un enorme meteoro la noche anterior. Cuando llegaron, sus reacciones fueron muy semejantes a las de Jerry y sus parientes, primero con: “¡No puedo creer lo que estoy viendo!” y luego con perplejidad al darse cuenta de que no veían muñecos, sino seres vivos, aunque nadie supiera lo que eran. Y ahí estaba también ese extraño aparato, mientras Glenn y el resto seguían hablando de hombres de Marte y cosas por el estilo.

Esto es lo que cuenta Gerald Jerry Anderson sobre aquella tórrida mañana del ’47 en que jugaba a descubrir toda una mina de ágatas musgosas para volverse rico e irse a vivir a un pueblo más fresco que ese odioso Albuquerque:

“Estábamos como a unos cien metros de un extraño objeto circular y plateado que parecía haberse clavado en la tierra en ángulo, y a su alrededor ardían varios arbustos y dos o tres árboles se veían como cortados en dos, con los troncos quemados en la parte de arriba. ‘No sé si será un dirigible o qué, pero acá se estrelló alguna cosa’, dijo papá, olvidándose del posible aerolito. Y ya estábamos a menos de veinte metros cuando mi hermano Glenn gritó: ‘¡Es una nave espacial! ¡Son los marcianos!’. En ese mismo instante, todos empezamos a correr y a dar vueltas alrededor del disco plateado, hablando entre nosotros como si estuviéramos medio locos. Y de pronto yo sentí mucho miedo, porque vi a tres criaturas tiradas en el suelo, justo al pie del plato volador. Otra estaba al lado, como sentada, y al vernos se asustó. Dos de las que estaban tiradas, directamente no se movían. Había vendas, y una criatura tenía el brazo vendado. Me arrimé a otra de ellas y vi que tenía una venda en la cintura y otra más en el hombro. La que estaba sentada se puso de pie y me pareció que estaba ayudando a las demás con esas vendas. Una de las que estaba tirada justo al lado suyo respiraba con gran dificultad, y era evidente que sentía mucho dolor. Las otras dos, como dije, estaban inmóviles. En realidad, la única que se movía bien era la que al principio estaba sentada y que ahora retrocedía como si ante nosotros sintiera pánico. Claro, mi familia y yo emitíamos exclamaciones de sorpresa, y mi primo Victor era el más ruidoso: excitado, temeroso y confundido, saltaba de un lado a otro y se metía en todas partes. Mi hermano Glenn intentó sacarlo a los tirones de una rajadura que el disco tenía al medio, donde Victor ya había introducido la cabeza y luego, dispuesto a entrar, metió una pierna adentro mientras la otra colgaba afuera, quedando finalmente a caballito de la abertura. Entonces Glenn le pidió que no entrara porque la nave podía explotar, pero al final imitó a Victor, trepando a la rajadura y sentándose junto a él, con una pierna adentro y otra afuera del increíble objeto. Y yo me quedé ahí, mirándolo todo sin saber qué hacer.


”Entretanto, papá y mi tío Ted se habían arrodillado junto a la única criatura que se veía físicamente sana (Nota del Editor: el relato no aclara por qué estaba ahí el tal Ted, aunque seguramente se tratara del padre de Victor, anfitrión de los Anderson, ni dónde estaba la madre de Gerald, presumiblemente en casa de Ted con la esposa de éste, preparando el almuerzo mientras los varones salían a pasear por el campo). Mi tío le hablaba en castellano, pero la criatura no respondía y, cuando alguno de nosotros se movía, parecía espantarse, porque retrocedía y levantaba sus manos al unísono, como protegiéndose de cualquier daño que pudieran hacerle. Aunque su uniforme tenía un par de roturas, se veía bien. Sus compañeras, en cambio, estaban muy malheridas y sus uniformes completamente destrozados, como si fueran soldados que volvieran de una terrible guerra. Y sin embargo no noté nada que se asemejara a la sangre. Lo que sí vi fue una caja como de metal cerca de la criatura viva. Pienso que sería un botiquín de emergencia, porque contenía las mismas vendas que cubrían los dos cuerpos inertes, que no mostraban deformidades ni nada parecido.

”No sé cómo me dejaron, pero toqué uno de esos cuerpos: no se movió, estaba muy frío. Y por la manera en que tenía los ojos, como mirando el vacío, me dio la impresión de que estaba muerto. A su lado, la única criatura caída que aún respiraba, aunque muy entrecortadamente, parecía tener mal una pierna, porque se le veía una fractura o algo así. Me pregunté por qué la criatura que estaba sana no tapaba los cuerpos de sus compañeras muertas, como en las películas. Hoy yo creo que nosotros tapamos a nuestros muertos porque nos da miedo mirarlos, pero en aquel entonces pensé que esa costumbre tenía sentido acá en la Tierra, pero quizá no en otro planeta. Y por un momento pensé que eran muñecos, no extraterrestres. Había algo irreal en esas criaturas, y no sólo en las muertas, sino también en la que caminaba asustada, reaccionando mal ante nuestra presencia.

”También recuerdo haber apoyado una mano contra el disco volador: estaba muy frío, como si fuera un refrigerador. Como estábamos en medio de un desierto y bajo un sol ardiente, todo hacía suponer que el objeto debería estar caliente, pero no: estaba helado, como si fuera invierno y uno tocara una superficie de metal. Otro raro detalle que retengo es que las áreas del terreno circundante donde puse la mano también estaban frías, mientras que más allá y a todo nuestro alrededor hacía muchísimo calor. Lo que digo, en realidad, es que cerca del disco la temperatura era sensiblemente inferior.

”Pero yo no estaba lejos de la criatura viva, tal vez a un metro apenas, y nunca me acerqué tanto como papá y mi tío, que seguían agachados frente a ella. De pronto, Ted estiró un brazo y le palpó el hombro, como si tratara de consolarla, y esa ves la criatura no retrocedió con temor, con las manos en alto, como antes. Miraba para todos lados y también a cada uno de nosotros, simultáneamente, como tratando de observar y entender a fondo la situación. Y quizá porque la comprendía es que estaba tan asustada. Se comportaba y movía como si fuera un gato rodeado de chicos traviesos, y aun cuando permanecía en calma era notorio que se sentía muy incómoda. A mí esa criatura me miró varias veces.

”Después volví al otro lado del disco porque Glenn y mi primo seguían allí. En realidad, quería saber qué hacía mi hermano, que ahora tenía las dos piernas adentro y estiraba la cabeza para ver qué contenía ese vehículo. Metió tanto la cabeza adentro que se lastimó la cara. Yo también pude ver las cosas que había adentro: parecían componentes electrónicos, como de propulsión, qué sé yo. Estaban todos conectados entre sí por unos cables que colgaban hacia afuera de la rajadura. Algunos de esos cables eran tan finos que volaban al viento como si fueran crines de la cola de un caballo. Tenían luces por todas partes, que titilaban y oscilaban, y cuando la brisa las movía parecían volverse de fuego. Algunas eran rojas y muy luminosas, y otras blancuzcas pero de intensidad fluctuante: por momentos difusas y por momentos brillantes. Adentro, en el centro de la nave y como impresos contra un fondo marrón, había algo así como jeroglíficos de color rosado. También había luces, unas de color verde y otras ámbar, que se apagaban y encendían.

”Claro que yo nunca llegué a meter la cabeza a través de la abertura tanto como mi hermano Glenn, porque él me dijo que adentro hacía mucho frío y que me bajara de ahí. Pero recuerdo que la rajadura sería como de unos tres metros de largo, que iba desde la parte más baja del disco hasta una especie de bóveda en la cima, y que tendría más o menos de un metro de ancho. Su forma era elípticamente vertical, como un doble paréntesis gigante, con la zona más amplía hacia el centro. Se veía como si algo hubiera reventado en el interior, abriendo y doblando el metal exterior, y dejándole bordes muy filosos. También sentí un olor muy fuerte, quizá similar al alcohol puro o algo así, lo que motivó que mi padre le insistiera a mi hermano que dejara de fumar porque corría el riesgo de provocar una explosión.

”En ese preciso instante apareció un grupo de cinco estudiantes universitarios con su profesor, el doctor Buskirk. Su nombre lo he olvidado, pero no por qué estaban ellos ahí: la noche anterior, a unos pocos kilómetros de allí, realizaban una excavación arqueológica y de pronto vieron caer lo que creyeron un meteorito. Entonces se largaron a inspeccionar la región y, al llegar, vieron exactamente lo mismo que mis familiares y yo. Sus reacciones fueron muy similares: primero se sorprendieron y después entraron en un estado de shock. Recuerdo que Buskirk le comentó a papá que él dominaba varios idiomas y que trató de comunicarse con el extraterrestre hablándole en todos ellos, aunque sin ningún éxito. Luego, el profesor intentó hacerse entender por gestos, pero ese esfuerzo también resultó inútil.

”Y entonces otro tipo apareció súbitamente. Yo había remontado la loma y estaba parado junto a los árboles y el plato volador, sobre una roca. Y apareció ese tipo en una camioneta, un modelo viejo con una antena flexible como las de la policía. Caminó hacia nosotros y yo lo encontré parecido a Harry Truman: tenía un aspecto realmente rudo, usaba anteojos, ropa de trabajo caqui y un sombrero de paja. En esos días, hasta los chicos sabían quién era Harry Truman: ¡había derrotado a los alemanes y a los japoneses! Este tipo se parecía a Truman, y se acercó y se puso a hablar con el doctor Buskirk y Ted y mi hermano y mi papá, y dijo haber visto a la cosa desde ‘la playa’. Había estado trabajando allí, y comentó que hacía mapas o algo así.”

En fin, todo hace suponer que este hombre era Barney Barnett.

LA LLEGADA DEL EJERCITO

“Entonces llegó el ejército. Quiero decir: llegó el ejército y empezó el terror. El que daba las órdenes era un pelirrojo autoritario y de malos modales, acompañado por un soldado negro que ejecutaba todo lo que su omnipotente superior le pedía. En cuestión de minutos, aquello se convirtió en una auténtica invasión. Rodearon toda el área y nos apartaron con las culatas de sus fusiles, ordenándonos a los gritos que no abriéramos la boca. A papá le dijeron que si llegábamos a hablar sobre el disco o las criaturas nos iban a buscar y enterrar vivos en el desierto. Y como papá tenía posibilidades de ingresar en la Sandia Corporation, nos dijo que no quería malograr sus antecedentes y nos pidió que les hiciéramos caso a los militares. Yo lo único que dije era que me moría de sed, pero me negaron agua y me gritaron que me fuera de allí. Desde el auto, mientras nos alejábamos, vimos a cientos de soldados a pie o en camiones, y también unos aviones que habían aterrizado en la ruta, que ya estaba cerrada al tránsito.”

La mayoría de los detalles sobre el aterrizaje violento de un aparato desconocido en San Agustín provienen de un hombre que sólo era un chico en el momento del incidente. Y se ha acusado a Gerald Anderson de inventar la historia del accidente y los cuerpos. En 1991, el Fund for UFO Research pagó un examen poligráfico (el famoso “detector de mentiras”) de Anderson. La American Polygraph Association recomendó a un experto residente en la zona, un hombre llamado Robert Riggs, reputado profesional y ex policía dedicado a los exámenes poligráficos durante más de diez años.

Primero, Riggs se reunió a solas con Anderson durante más de una hora para revisar la historia y una enorme cantidad de datos. Una nueva reunión de más de dos horas se dedicó al control de todos los aspectos del relato. Finalmente, conectó a Gerald al detector de mentiras e hizo sus preguntas clave. Al finalizar esta sesión, Riggs informó a Friedman no haber encontrado evidencia de engaño o psicopatología destacable, y que Anderson tenía una memoria sobresaliente.

Fuente: MysteryPlanet.

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