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La Tumba de Santiago Apóstol



En la actualidad hay quienes afirman que quien está enterrado en Santiago no es el Apóstol, si no Prisciliano obispo gallego del siglo IV, los que lo hacen y escriben sobre ello, se les nota un orgullo excesivo por creer manejar información privilegiada, sin embargo, pocos datos aportan, ninguno concluyente, y se repiten hasta la saciedad. Como suelen ser gente muy imaginativa, no conviene analizar sus argumentos, conviene ir al grano y atestiguar que el sepelio del Apóstol Santiago, es un hecho demostrado.

En el siglo IX, en un bosque al abrigo de un castro antiguo y abandonado de la comarca de Amaía, en la diócesis de Iria, su obispo Teodomiro descubrió y reconoció un mausoleo romano, que al poco fue visitado por otros obispos de Galicia y Asturias, y el monarca en persona, Alfonso II, además de otros nobles y personalidades, llegando todos ellos a la conclusión que era la Tumba del Apóstol Santiago y de dos de sus Discípulos.



Antes del descubrimiento de su sepulcro, los padres de la Iglesia difunden la idea de que efectivamente los apóstoles habían recorrido el mundo (lo que se conocía de él), siendo enterrados en el lugar donde habían pasado su vida predicando. Entre los siglos VI y VII, se compone un texto: “Breviarum Apostolorum”, donde se dice literalmente: “El cuerpo del Apóstol Santiago, que predicó en nuestras tierras, se encuentra enterrado en lo que se conoce como Aca Marmarica”. En el reinado de Mauregato (783-788) se compone un himno: “O Dei Verbum”, en el que Santiago ya es invocado como patrón de España. A finales del siglo VIII el beato de Liébana (Cantabria) redacta “Los comentarios al Apocalipsis, donde afirma que Santiago predicó en España, y dibuja un mapamundi, localizando la dispersión de los Apóstoles, y Santiago aparece colocado en una zona a la que llaman “Aca Marmárica”, que coincide con la actual Galicia.

El descubrimiento del sepulcro por Teodomiro provoca una riada de gente en peregrinación de toda España al mausoleo, y finalmente de toda Europa.




Plano de la Cripta donde se observan los lóculos de Atanasio y Teodoro.


El mausoleo constaba de dos partes, una con la cripta sepulcral en la parte inferior o sótano, y otra superpuesta a esta que servia de culto funerario comunicada por una escalerilla interior. En su dintel de entrada había una lápida de mármol con las inscripciones de su fundadora, Atia Moeta (La Reina Lupa). El mausoleo se conservó tal cual lo encontraron cerca de 300 años, hasta que don Diego Gelmírez en el año 1105, decide preservar mejor los restos del Apóstol y decide derruir la planta superior, además de dejar sin acceso posible la cripta tapada ahora con cubricón romano apoyándose en los muros y disminuyendo su altura a la de una persona, sobre las tumbas situó el altar mayor y desde entonces se empieza a construir la que hoy es la basílica, pasando por sus distintos momentos arquitectónicos.

En 1585 se produce el primer ataque inglés al mando del corsario Drake, quien había amenazado con destruir la catedral y la tumba de Santiago, por este motivo el obispo Juan de Sanclemente sacó los restos de los tres santos de sus sepulcros y los escondió en unas tumbas construidas detrás del altar mayor, mientras tanto Felipe II confesaba su intención de llevarse los restos al relicario del monasterio de El Escorial, por este motivo, no devolvió los restos a su sitio original llevando el secreto hasta la tumba.

El arqueólogo Antonio López Ferreiro emprende las excavaciones arqueológicas bajo el Altar Mayor en 1878, con el fin de hallar la tumba del Apóstol y sus restos. Encuentran tres hoyos vacíos y un mosaico de factura romana, y los huesos finalmente se encuentran en una urna de madera escondida en la parte posterior del altar.

Al año siguiente un tribunal estudia los restos encontrados y el estudio científico de los huesos revela que pertenecen a tres esqueletos incompletos de tres individuos de desarrollo y edad diferentes, de los cuales dos estaban en una edad media y el tercero en el último tercio de la vida. A uno de ellos le falta la apófisis mastoidea derecha (costilla) que había sido regalada por Gelmírez al obispo de Pistoia, donde se venera como reliquia.

En 1886 los restos son depositados en una urna de plata labrada por los orfebres Rey Martínez en 1886, dentro de un cofre de madera forrado de terciopelo rojo con tres compartimentos, para Santiago, Atanasio y Teodoro. Así es como se encuentra en la actualidad.

En 1955 se encuentra la cubierta sepulcral de Teodomiro descubridor de la Tumba del Apóstol, que quiso enterrarse junto a su propio hallazgo.

Finalmente en 1988, se confirma los restos arqueológicos del Apóstol, en ello intervienen el filólogo Isidoro Millán González-Pardo, Conde de Quirós y Correspondiente de la Real Academia de la Historia, y el catedrático en arqueología, Antonio Blanco Freijeiro (pontevedrés) y también académico de la historia.

Isidoro Millán al explorar dos cavidades que se encuentran a izquierda y derecha del pequeño pasillo que da acceso al altar mayor, consiguen fotografiar su interior utilizando espejos, observan en la que la tradición atribuía a San Atanasio, una piedra que desentona con el resto y a modo de tapón, en ella aparece la inscripción ATHANASIOS, su grafía basada en letras griegas y hebreas se asemeja a las encontradas en el cementerio cristiano situado en el Monte de los Olivos en Jerusalén. Ha sido datada a finales del siglo I o comienzos del II.


La Tumba del Apóstol Santiago (San Jacobo – San Iago).


Un profesor navarro descubre el nombre hebreo “Jacob” en la tumba de Santiago
El hallazgo, afirma, “confirma la tradición” que sitúa al Apóstol en la catedral compostelana.







Enrique Alarcón, profesor de Filosofía y Letras de la Universidad de Navarra, anunció ayer que ha descubierto una inscripción del siglo I con el nombre hebreo “Jacob”, equivalente a “Santiago”, en el sepulcro del Apóstol en Compostela, un hallazgo que, a su juicio, “confirma la tradición” que sitúa al Apóstol en tierras hispánicas y su enterramiento en el templo.

En un comunicado, el profesor explica que “Jacob” aparece entrelazado con la palabra griega “mártyr” –que significa “testigo”–, en una inscripción hallada por el profesor Isidoro Millán en la tumba de Atanasio, uno de los dos discípulos –junto a Teodoro– que, según la tradición, acompañaban a Santiago el Mayor. En su momento, 1988, Millán, filólogo y profesor en la capital gallega, había descubierto ya las palabras “Atanasio” y “mártir”, aunque su especialidad eran las lenguas clásicas y no el hebreo.

Alarcón argumenta que la simbología de la inscripción –a la que solo ha tenido acceso, hasta ahora, por medio de reproducciones– “es muy rica” y contiene inscripciones que remiten a las halladas en las tumbas del primitivo cementerio judeocristiano de Jerusalén. En concreto, aclara, ha hallado alusiones a la fiesta judía del Shavu´ot, equivalente a la del Pentecostés cristiano, a lo que se suman, afirma, la representación de panes rituales de esa celebración que “dejaron de hacerse en el año 70″ tras la destrucción del Templo de Jerusalén por los romanos.

Alarcón, que expuso sus conclusiones durante la clausura de la Cátedra Camino de Santiago de la Universidad de Navarra, recuerda que es en Pentecostés cuando los apóstoles predican por primera vez a todos los pueblos, según el Nuevo Testamento. “Cristo les había encargado que solo entonces podrían salir de Jerusalén y ser sus testigos hasta el fin de la tierra, el Finis Terrae”, explica. En esa línea sostiene que la inscripción se refiere a Santiago como “cumplidor de ese mandato: testigo de Cristo en el Finisterre, el nombre romano de la costa gallega, y es casi contemporánea, ya que los caracteres hebreos son anteriores al 70″.



Fuente: www.cristobal-colon.org

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